TRAS LAS MUERTES VENDRÁ LA MISERIA

Todos y todas llevábamos desde mediados del 2019 escuchando continuamente la salmodia de que se avecinaba una crisis económica, los gobiernos repetían esta frase cada vez que se intuían vientos de cambio contra el neoliberalismo que nos subyuga. Esa crisis no llegó pero, en cambio, nos llega una crisis sanitaria cuyas consecuencias recaerán de nuevo sobre los hombros de la clase obrera.

El Coronavirus será la excusa utilizada por los poderes económicos (bancos, fondos de inversión, patronal, gobiernos neoliberales etc…) para dar otra vuelta de tuerca más a la pérdida de derechos, sumirnos en la miseria e intentar que la impotencia no nos permita ver alternativas a su dominación. Su coqueteo con la idea de entrar en crisis le ha dado alas a su economía especulativa y de usura, para aprovechar el caos sanitario y hacer negocio con nuestros derechos más básicos: la salud y la vida.

Para esos poderes económicos (los mismos que camuflan su fraude fiscal mediante pequeñas limosnas) se abre una oportunidad a nuevas inversiones y nuevas ganancias, abusando de una legislación laboral que no nos protege, sino que está al servicio de la acumulación de capital, cuyos adalides no piensan en vidas ni sufrimientos, sino únicamente en «beneficios».

Ver a un pretendido “gobierno progresista” haciendo ruedas de prensa con militares, policías y guardias civiles, como si de un conflicto bélico se tratara, donde sólo nos falta el cura sermoneándonos y bendiciendo las medidas adoptadas, nos hace recordar el fantasma, funesto, de aquello de “Muera la Inteligencia”. Es evidente que los cuerpos de represión del estado actúan como si se tratara de un conflicto bélico. Sólo hay que observar las imágenes de los abusos policiales que proliferan, para darnos cuenta de que es un conflicto contra su propia población. Y no falta quien jalea y justifica esos abusos, generando una situación en la que la delación y acoso sitúa fuera de la “ley y el orden” a quien piensa o actúa diferente. Millan Astray (fascista y golpista fundador de la Legión) se quitaría el “chapiri” para saludar la jugada maestra de algunos para mantener todo “atado y bien atado”.

Esto es una pandemia y no se necesitan armas, sino científicos y especialistas médicos que nos  ayuden a salir lo más indemnes posible de esta emergencia. Y hará falta también toda nuestra fuerza organizativa para no emerger de esta situación con menos derechos y libertades.

Tenemos claro que pretenderán que esta crisis la paguemos nosotros, los trabajadores, igual que la crisis anterior. De hecho, ya han empezado a pasarnos la factura con los centenares de ERTE’s anunciados. Querrán que paguemos a precio de oro los recursos  de la sanidad privada utilizados en esta crisis. Los poderes económicos ordenan, y los poderes políticos ejecutan. Para ellos sólo existe un problema: cómo vender la historia. Por eso es necesario que todos recordemos, llegado el momento, que la sanidad privada no ha sido parte de la solución, sino parte del problema, y deberemos exigir que todos los recursos de la sanidad privada se pongan al servicio del bien común.

Ahora se trata, más que nunca, de aquello de “la Bolsa o la Vida” y, contra esto, sólo se puede luchar con conciencia de clase, y organizándose en sindicatos y espacios combativos. Es hora de exigir medidas que protejan a la clase obrera, es hora de que paguen aquellos que siempre nos han utilizado para enriquecerse. Es por ello que requerimos:

  • Obtención de la financiación necesaria para la sanidad pública e incorporación de los recursos de la sanidad privada a la red pública.
  • Contratación del personal sanitario necesario y garantizar el pleno funcionamiento de los centros sanitarios, así como ampliar la cobertura en los territorios menos poblados.
  • Poner urgentemente a disposición de todas las personas los productos alimentarios e higiénicos que necesiten.
  • Garantizar por parte del Estado permisos adicionales retribuidos y plena seguridad laboral a trabajadoras y trabajadores enfermos, que deban dejar de trabajar por medidas profilácticas o que deban atender a personas dependientes. Paralización retribuida de las actividades o puesta en marcha de mecanismos temporales de teletrabajo en las actividades productivas no esenciales.
  • Paralización de los despidos y, para los ya producidos, derecho inmediato a percibir la prestación por desempleo y a que la que ahora se cobre no se entienda consumida tras la crisis sanitaria, volviendo a poner el “contador a cero”. Prohibición de  ERE´s y ERTE´s en grandes empresas durante el tiempo de vigencia del Estado de Alarma. Pleno respeto a las medidas de prevención de riesgos laborales y a las indicaciones de la comunidad sanitaria. Persecución de prácticas laborales abusivas.
  • Moratoria total del pago de hipotecas y alquileres. Detención de todos los desahucios e incautación a los bancos de las viviendas necesarias para asegurar a todas las personas ese derecho, por razones de emergencia de salud pública. Anular todo corte de luz, de gas o de agua por impago.
  • Renta básica de solidaridad suficiente para todas las personas en situación de necesidad y vulnerabilidad con independencia de su situación administrativa.
  • Persecución de los abusos policiales, contratación del personal necesario para la realización de tareas que deberían estar llevando a cabo diferentes entidades públicas y no el ejército. Retirada de los militares de las calles y de las ruedas de prensa gubernamentales (ningún virus será erradicado a cañonazos), para la inclusión de ciéntificos y especialistas médicos en las mismas. La crisis sanitaria no es lugar para promocionar el militarismo ni para blanquear el gasto presupuestario inútil que significa mantener al ejército.

Desde Solidaritat Obrera Barcelona lucharemos junto al resto de sindicatos combativos y movimientos sociales para la consecución de dichos objetivos, mientras tanto, hemos desplegado medidas para paliar el impacto más inmediato ofreciendo asesoría laboral gratuita a afectados por la crisis y ampliando nuestro Fondo de Emergencia Social para poder atender, mediante ayudas económicas, aquellas emergencias sociales que requieren de solución urgente.

Esto no es una guerra. Esa es la nueva excusa para meternos de lleno en una crisis que les hacía falta, y poder abrir nuevas posibilidades de explotar a la clase obrera. Lucharemos para que esta crisis signifique el final del sistema capitalista. Pero, si algo nos ha enseñado esta crisis sanitaria, es que sólo el pueblo salva al pueblo. Ahora y siempre, solidaridad y apoyo mutuo.

Coronavirus y lucha de clases: los que limpian las calles

Artículo de José Luis Carretero, Secretario General de Solidaridad Obrera, publicado en “EL SALTO” – Link al final del artículo.


Según transcurren los día, y el efecto mortífero de la pandemia se hace cada vez más notorio, la dinámica propia de la economía capitalista se vuelve más acusadamente un asunto de clase: determinadas actividades siguen funcionando, pese a no ser en modo alguno esenciales —como la obra pública o el telemarketing—; los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo se multiplican, enviando al desempleo a decenas de miles de trabajadores mientras destacados capitanes de industria se permiten salir en los medios de comunicación haciendo promesas de ayuda al sistema sanitario que no terminan de cumplir.

Los sindicatos combativos fuerzan el cierre de grandes empresas que, sin embargo, pese a las órdenes de los poderes públicos, siguen abiertas sin cumplir las medidas de prevención necesarias, gracias a la fuerza —de auténtica vida y muerte, como podemos ver ahora— que implica la coacción del sistema salarial: tienes necesidades básicas y careces de medios de producción, luego tendrás que vender tu fuerza de trabajo, aunque te pongas en peligro tú mismo y a tu comunidad.

Mientras tanto, los servicios públicos esenciales siguen funcionando gracias a toda esa multitud de trabajadores y trabajadoras que han sido invisibilizados en las últimas décadas, incluso por la autodenominada “izquierda”: los obreros de cuello azul, los trabajadores manuales, los “chavs” de barrio. Los que no tienen tres posgrados, o, más bien, esas cualificaciones no son necesarias para el trabajo que prestan. Las cajeras, los reponedores, los limpiadores y limpiadoras, los “basureros”, los transportistas, los conductores de autobús y de metro, los portuarios, los teleoperadores. El proletariado de las contratas y subcontratas, siempre flexibilizado y precarizado, siempre abandonado por el discurso divino de una izquierda “alternativa” que entiende “el fin del trabajo” como una especie de utopía de clase media en la que todos nos dedicamos a la creatividad virtual y el estudio ecosocial mientras el metro y la limpieza viaria siguen funcionando todos los días por arte de magia, y no como un avance autogestionario sobre la producción que permita repartir el trabajo socialmente necesario en una sociedad de la abundancia vital —que no del consumo— para todos.

¿Quién nos limpia la basura? ¿Quién, literalmente, limpia la mierda de nuestras calles? Es una pregunta que se vuelve imperiosa cuando de la limpieza depende la profilaxis que evite el contagio, cuando la limpieza se vuelve, también, una cuestión de vida o muerte

Uno de esos sectores imprescindibles, que resulta curioso mencionar cuando todo duerme en la normalidad capitalista, porque deviene invisible a los ojos de la vulgata posmoderna, es el de la limpieza viaria. ¿Quién nos limpia la basura? ¿Quién, literalmente, limpia la mierda de nuestras calles? Es una pregunta que se vuelve imperiosa cuando de la limpieza depende la profilaxis que evite el contagio, cuando la limpieza se vuelve, también, una cuestión de vida o muerte. No nos engañemos, eso es así todos los días del año, pero solo desde hace una semana nos hemos vuelto, dolorosamente, un poco más conscientes de ello. ¿Cómo trabajan los que limpian las calles? ¿En qué situación están? De nuevo, un asunto de clase.

Joaquín M., militante del sindicalismo combativo de la limpieza viaria en la ciudad de Madrid (un área estratégica de la vida de la capital que el “gobierno del cambio” de Manuela Carmena no quiso recuperar para lo público, porque debió pensar que tenía cosas más importantes que hacer) no cuenta que los primeros días los trabajadores siguieron desplazándose en furgonetas ocupadas por cuatro o cinco personas, aunque esto ya no sucede; que se han establecido turnos, para que ahora sólo trabaje al mismo tiempo el 50% del personal; que les han indicado que vayan ya vestidos con el uniforme al centro de trabajo, y que vuelvan a su casa también sin quitárselo, para que no usen los vestuarios de los cantones. También nos cuenta que ha habido gente con familiares de riesgo en casa que han ido a trabajar; que no hay geles ni el líquido especial que se dijo que se iba a usar para desinfectar las calles, sino que se está usando jabón y lejía diluida. Para desinfectar los camiones, en lugar de hacer una limpieza exhaustiva les dan un bote de lejía y los trabajadores lo aplican en los sitios “donde piensan que van a tocar”. En horario nocturno se han generalizado los baldeos mixtos (un operario con la manguera y otro en el camión).

Las limpiadoras y los limpiadores, pues, combaten al virus en las calles, muchas veces con medios precarios y con una situación previa de precariedad laboral y vital

Miguel Montesinos, presidente, por la parte sindical, del Comité de Seguridad y Salud de la Unión Temporal de Empresas que realiza la limpieza viaria en Alicante, nos cuenta que hay escasez de guantes y de mascarillas; que al menos tres trabajadores de riesgo —por tener hechas traqueotomías— siguen trabajando durante la semana pasada; y que la empresa no responde a la reivindicación sindical de mantener una reserva de trabajadores en casa, para poder usarla si se producen bajas por la enfermedad en los próximos días, una petición reiterada de las organizaciones sindicales del sector en toda la geografía española.

Por su parte, Vanesa Toledo, delegada sindical de Solidaridad Obrera en ESMASA, la empresa pública de limpieza viaria de Alcorcón, una ciudad proletaria cercana a Madrid, incide también en el hecho de que la empresa no quiere escuchar las reivindicaciones de los trabajadores, que se circunscriben a la puesta en marcha de una reserva de un 50% de la mano obra en casa, turnándose para trabajar cada dos días, para no tener que cesar el servicio en caso de expansión de la enfermedad entre la plantilla, y a la utilización de mecanismos de movilidad funcional para que todos los trabajadores puedan dedicarse a la limpieza viaria, abandonando actividades absurdas en estos momentos como el borrado de grafitis o la limpieza de fachadas de los edificios públicos.

Vanesa también nos avisa del caos administrativo que puede provocar la decisión de que el servicio de salud informe directamente a las empresas de las bajas médicas, dado que, al no poder explicitar en la comunicación a que se deben dichas bajas, los servicios administrativos de las empresas no podrán dilucidar si se trata de contingencias comunes o profesionales, abriéndose la posibilidad de que los trabajadores no reciban la totalidad de las prestaciones que les corresponden.

Las limpiadoras y los limpiadores, pues, combaten al virus en las calles, muchas veces con medios precarios y con una situación previa de precariedad laboral y vital. Una precariedad que se agrava por el hecho de que, en la mayoría de los casos, la deriva neoliberal de las últimas décadas ha provocado que el servicio se preste por contratas privadas, propiedad en muchos casos de grandes estructuras empresariales participadas por todo tipo de fondos e instrumentos de inversión internacionales, que buscan el máximo beneficio, a base de contener los costes laborales y las inversiones en medios materiales.

Un ejemplo, entre otros, de este tipo de estructuras es FCC, la gran empresa multiservicio que tiene contratada en parte la limpieza viaria en la ciudad de Madrid. FFC obtuvo un beneficio en 2019 de 266 millones de euros, un 6% más que el año anterior. Controlada por Carlos Slim, un multimillonario mexicano, alcanzó una cifra de negocio en 2019 de 6.276 millones, y ello pese a la investigación abierta en Panamá y España contra la empresa por un escándalo de corrupción vinculado al pago a políticos y funcionarios panameños para obtención de contratos de construcción.

Contratas públicas millonarias. Multimillonarios de ambos lados del Océano. Corrupción y pelotazos. Y Remunicipalizaciones que no terminan de implementar los que vinieron “a asaltar el cielo” una vez se afincan en los mullidos sillones del poder.

Trabajadores precarios de contratas, subcontratas y empresas públicas infradotadas, limpiando, en la noche, las calles del virus asesino que nos atemoriza a todos, sin que nadie les dé la palabra. No hay duda: un asunto de clase

Trabajadores y trabajadoras que limpian las calles, nos transportan, nos dan de comer, nos curan y nos cuidan en los hospitales. Trabajadoras y trabajadores que hacen propuestas para mejorar el servicio cuando todo se derrumba, cuando el pánico ataca, pese a estar en la calle con medios precarios y tener que volver, cuando termina la jornada, a viviendas precarias que a duras penas pueden permitirse pagar.

Millonarios con cuentas en Panamá, que parlotean como posesos en los medios de comunicación más comerciales. Trabajadores precarios de contratas, subcontratas y empresas públicas infradotadas, limpiando, en la noche, las calles del virus asesino que nos atemoriza a todos, sin que nadie les dé la palabra. No hay duda: un asunto de clase.

https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/coronavirus-lucha-de-clases-basureros-barrenderos-los-que-limpian-calles

Coronavirus y lucha de clases: los trabajadores de Metro

Artículo de José Luis Carretero, Secretario General de Solidaridad Obrera, publicado en “EL SALTO” – Link al final del artículo.


C omo afirmábamos en un artículo anterior en este mismo medio, la crisis del coronavirus está poniendo de manifiesto la crudeza de la lucha de clases en el seno de la sociedad española en una situación excepcional. Las tensiones, presiones, conflictos y pruebas de fuerza asociadas a la reivindicación por parte de los trabajadores del cumplimiento de la normativa de prevención de riesgos laborales y de las indicaciones de la comunidad médica en los centros de trabajo, están generando situaciones como el cierre de la planta automovilística de Mercedes en Vitoria por el Comité de Empresa —la representación unitaria de los trabajadores— o el más que previsible cierre de Konecta, la mayor empresa de telemárketing de España, en las próximas horas, ante la presión jurídica desarrollada por las secciones sindicales de CGT, Solidaridad Obrera y USO.

La situación no ha cambiado en los últimos días. Y no parece previsible que lo haga. Recordemos que los sectores que siguen trabajando en la calle, además del sanitario, pese al estado de alarma decretado por el gobierno, como el telemárketing, la limpieza, los transportes, el reparto a domicilio o la alimentación… están principalmente (aunque no únicamente) constituidos por toda esa fuerza de trabajo manual y muchas veces precaria, que el discurso dominante ha invisibilizado completamente en las últimas décadas.

Se trata de una clase obrera cuya misma existencia ha sido negada por los discursos altisonantes sobre el cognitariado, los knowmads o el trabajo inmaterial desde hace ya tiempo. Pero que, tozudamente, se convierte en estratégicamente decisiva para la sustentación de esa misma esfera virtual que la niega como su esencial condición de posibilidad. No hay trabajo inmaterial, sin la legión de limpiadoras, reponedores, cajeras, conductores de autobús, riders y personal de mantenimiento que constituyen la base material del trabajo socialmente necesario en la Smart City de nuestros días.

Y uno de esos trabajos necesarios e invisibilizados, sobre el que me voy a detener en estos momentos, es del transporte suburbano. Los Metros que articulan la posibilidad de que la fuerza de trabajo llegue allí donde es necesaria para el proceso de valorización del Capital, en las grandes urbes degradadas de nuestro tiempo, de manera cotidiana. Sin este medio de transporte, las grandes ciudades serían inviables y nuestra perdida normalidad, como estamos viendo estos días, hubiese sido radicalmente otra.

No se trata, en el imaginario de la mayoría de nuestra sociedad, de un sector especialmente precario. El hecho de que sea un sector estratégicamente decisivo para el proceso productivo, al garantizar que la mano de obra estará allí donde se la necesita todos los días, ha hecho que sus reivindicaciones recurrentes muestren la ambivalencia que muestran, en el discurso mediático, todas las manifestaciones de lucha de los sectores de la clase obrera que aún insisten, por estar fuertemente organizados, en autodenominarse orgullosamente como tal: mientras sus luchas pueden obtener éxitos más llamativos que las de otros sectores y garantizar condiciones de trabajo un poco mejores, su imagen pública es demonizada —“están siempre en huelga”. “son unos privilegiados”— para romper toda posibilidad de extensión de sus costumbres levantiscas entre el proletariado precarizado más atomizado, reconvertido por los media y la clase política en la silenciosa “ciudadanía de clase media y trabajadora” consumista.

Se engañan, sin embargo, quienes piensan que, en el suburbano, sólo trabajan privilegiados corporativistas, restos de una clase obrera en decadencia. La expansión de las contratas y subcontratas —limpieza, seguridad y otros marcos crecientes de actividad rápidamente externalizada— ha precarizado fuertemente el trabajo del transporte en el subsuelo en las principales ciudades, en la última década. Además, el trabajo en el Metro sigue estando marcado por la explotación, los horarios de órdago y la ubicuidad de contaminantes como el amianto, que en el caso del Metro de Madrid ya han provocado la muerte de varios trabajadores, pese a la recurrente conflictividad de los sindicatos más combativos, que han llegado a querellarse criminalmente contra los responsables políticos de que este material altamente cancerígeno y potencialmente dañino para trabajadores y usuarios, no haya sido aún retirado.

Y los Metros, obviamente, siguen abiertos en el marco de la brutal bifurcación histórica que significa la pandemia de covid19. Se está trabajando en el Metro ¿En qué condiciones?

Las tensiones, presiones y conflictos están encima de la mesa en estos momentos. Ya hay más de 18 trabajadores confirmados como enfermos, cerca de 340 afectados posibles y un fallecido por la pandemia

Antonio Rus, asistente habitual al Comité de Seguridad y Salud del Metro de Madrid por la parte sindical, nos cuenta que las tensiones, presiones y conflictos están encima de la mesa en estos momentos, como en el resto de sectores productivos que siguen abiertos. Con más de 18 trabajadores confirmados como enfermos, cerca de 340 afectados posibles —aislamientos, bajas que no se han confirmado, etc.— y un fallecido por la pandemia, la empresa se niega a dejar abiertos los torniquetes para que los usuarios puedan pasar sin tener que tocar ningún elemento físico, como reclama la sección sindical de Solidaridad Obrera. Escasea el gel hidróalcohólico, los guantes y las mascarillas.

Los trenes y cabinas de los maquinistas no se limpian entre turnos, sino sólo al acabar el día. Se ha hecho que algunos trabajadores acudan a realizar trabajos en taxis, en los que se suben varias personas. Se hacen evaluaciones unilaterales de los riesgos sin contar con la parte sindical, lo que impide conocer la importancia de que los maquinistas dispongan de guantes y mascarillas, ya que si caen enfermos y no se ha hecho la limpieza durante el día pueden haber contaminado a todos los trabajadores de la línea. También se deja en manos de los Jefes de Estación la toma de decisiones que deberían tomarse más arriba. Trabajadores que tienen familiares que son población de riesgo en sus casas siguen en las líneas, creando el peligro de infectarles al volver al hogar. La situación de las contratas es también dramática: sin protecciones especiales y mucho más precarizados y desorganizados sindicalmente.

En el Metro de Barcelona también falta el material de protección —guantes, gel, mascarillas—, nos indica Ángel González, miembro de la representación unitaria de los trabajadores

En el Metro de Barcelona también falta el material de protección —guantes, gel, mascarillas—, nos indica Ángel González, miembro de la representación unitaria de los trabajadores. La empresa pone la excusa de que legalmente no es considerado Equipo de Protección Individual y de que hay agua corriente en las instalaciones. Por ello, los operarios se han puesto a fabricar gel con alcohol, agua y glicerina en su tiempo de descanso. “Debemos seguir abiertos para que la gente que presta servicios básicos pueda acudir a sus puestos”, nos dice Ángel.

La lucha de clases se expresa en el suburbano con la misma brutalidad que en la superficie. Los trabajadores son el otro lado de la balanza de los beneficios del Capital. Si los recursos van para un lado, escasean en el otro. Desechables, reemplazables, así es como ve el mando social a los individuos de nuestra clase. Si actividades no esenciales siguen abiertas en la cuarentena, los trabajadores de las actividades esenciales se ven ante una vorágine creciente de riesgos. Riesgos que puede convertirse en un elemento más de tensión para el sistema sanitario.

Defender nuestras vidas, nuestro derecho al pan, pero también a las rosas (a todo lo bello de la vida) pasa por ser conscientes de que la lucha es el único sustrato material de los derechos. Y de que la sociedad de clases, el capitalismo, se tiene que acabar.

https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/coronavirus-lucha-clases-trabajadores-madrid-barcelona-metro

Coronavirus y lucha de clases

Artículo de José Luis Carretero, Secretario General de Solidaridad Obrera, publicado en “EL SALTO” – Link al final del artículo.


Las grandes contradicciones sociales del capitalismo terminal están saliendo a flote con la crisis del coronavirus. Por ejemplo: podemos subrayar la actualidad absoluta del concepto de lucha de clases. Una lucha, entendida como conflicto, enfrentamiento y presiones y tensiones recurrentes, que se expresa directa y crudamente en los centros de trabajo a la hora de hacer cumplir las medidas de prevención básicas en los estratos más precarios, más desorganizados o, incluso, más estratégicos en estas circunstancias, de la fuerza de trabajo.

Hemos visto cómo en nuestras “democráticas y responsables” empresas, los jefes se resguardan del virus y la salud de los trabajadores no es más que un dato macroeconómico a valorar junto al coste de geles, permisos o reducciones horarias

Durante esta pasada semana hemos visto cómo, en nuestras “democráticas” y “responsables empresas”, que se ufanan de estar siempre “preocupadas por la gobernanza y los criterios sociales de la Agenda 2030”, los jefes ordenan y se resguardan del virus, y los trabajadores ven cómo su salud no es más que un simple dato macroeconómico a valorar junto al coste monetario de geles, permisos o reducciones horarias. Hay varios ejemplos que lo ilustran.

En las grandes empresas del sector del telemárketing como Konecta, GSS Covisian y otras, en las que trabajan centenares de personas en gigantescas naves, hacinados y compartiendo en función de su turno todo tipo de materiales (auriculares, teclados de ordenador, micrófonos…), la lucha para conseguir que haya geles desinfectantes, que los equipos de trabajo sean de uso individual o que, simplemente, se limpien habitualmente los baños de los trabajadores, ha sido constante, y ha venido marcada por repetidos altibajos derivados de las contradictorias señales enviadas al entramado productivo por los poderes públicos, pese a haberse dado repetidos casos de positivos en coronavirus en las instalaciones, que han sido enfrentados por las empresas con el aislamiento de los trabajadores y la limpieza de los puestos adyacentes a los de los enfermos, y solo muy tardíamente con la implantación del teletrabajo.

En el transporte público, la puesta en marcha de medidas de prevención de la enfermedad para proteger la salud de trabajadores y usuarios ha venido marcada por la presión de las fuerzas sindicales más combativas. En el Metro de Madrid, solo tras la amenaza de la sección sindical de Solidaridad Obrera de convocar una huelga indefinida de 24 horas, la empresa se vio obligada —el viernes pasado—, a cumplir las recomendaciones sanitarias de la misma Comunidad de Madrid. En el Metro de Barcelona, solo tras la aprobación de un decreto de la Conselleria de la Generalitat correspondiente, la dirección acepta negociar con el Comité de Empresa la puesta en marcha de las medidas que está exigiendo la comunidad médica.

En los ferrocarriles, durante toda esta semana, numerosos trenes circulan sin agua corriente ni gel desinfectante, mientras las secciones sindicales presentes denuncian la falta de limpieza de los filtros de aire acondicionado de los vagones y la puesta en marcha de un protocolo de prevención que no toma medidas claras en defensa de la salud de los trabajadores y usuarios, dedicándose casi exclusivamente a determinar qué hacer en caso de que se identifique un enfermo de coronavirus viajando en un tren.

En la Administración Pública la situación es de caos absoluto los primeros días de la semana, lo que lleva al cierre de la mayor parte de los centros de trabajo según avanza esta. En el sector de la Enseñanza, la Comunidad de Madrid, mediante una Orden contradictoria y plena de ambigüedades, descarga la “patata caliente” de qué hacer en estas circunstancias, en las direcciones de los centros educativos, ordenando que los profesores, personal de administración y limpiadores, acudan a los centros de trabajo “de la manera habitual”, al tiempo que se debe “fomentar el teletrabajo” y se “recomienda” —pero no ordena— a los trabajadores de los grupos de riesgo que “no salgan de sus casas”, sin indicar ningún permiso laboral para los mismos.

Una amalgama incomprensible que sólo termina de estallar cuando la declaración del estado de alarma deja claro que es absolutamente innecesario que nadie acuda a los centros educativos. En el sector de ayuda a personas con discapacidad se suceden situaciones semejantes, en las que se ordena a los trabajadores seguir las normas de prevención frente al coronavirus, pero no hay ninguna iniciativa para promover que las sigan los usuarios, que se presentan en los centros de día absolutamente desprotegidos.

En la limpieza, en el comercio, en todas partes, se agolpan los despidos, las restricciones para utilizar los permisos retribuidos o el bloqueo de las posibilidades de hacer efectiva la conciliación laboral y familiar

En la limpieza, en el comercio, en todas partes, se agolpan los despidos, las restricciones para utilizar los distintos permisos retribuidos existentes en los convenios o el bloqueo de las posibilidades de hacer efectiva la conciliación laboral y familiar en un contexto de suspensión de las actividades presenciales en los centros educativos. Las gerencias empresariales —y, ¡lo que debemos anotar aún más, las de las grandes empresas y entidades públicas!— se lanzan a una vorágine de pequeñas presiones, amenazas veladas y restricciones en el cumplimiento del Derecho Laboral existente.

Todo ello en un escenario en el que el simple hecho de retrasar las medidas laborales previstas hasta el Consejo de Ministros del martes 15, y no aprobarlas junto a la declaración del estado de alarma, aboca a la realización de numerosos Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) y Expedientes de Suspensión (ERTE) el mismo lunes 14, sin que se prevea claramente por el gobierno que la nueva legislación sobre la posibilidad de cobro y no consumo de la prestación de desempleo en EREs y ERTEs , sea aplicable a estos trabajadores.

¿EXISTE LA LUCHA DE CLASES?

Los que han afirmado en las últimas décadas que el concepto “lucha de clases” estaba “pasado de moda”, que “no explica ya la realidad” o que “es un invento no probado científicamente de la teología marxista” deberían empezar a buscar otras cosas de las que hablar, ya que tienen las poltronas académicas y mediáticas siempre abiertas a su servicio.

La lucha de clases se ha mostrado en toda su crudeza en esta crisis sanitaria, de una manera directa, en los puestos de trabajo, como hemos narrado, pero también indirecta: en los brutales efectos que el saqueo de los pilares básicos del Estado de Bienestar (del salario indirecto de la clase trabajadora) ha producido en la última década.

La lucha de clases se ha mostrado en toda su crudeza en esta crisis sanitaria, también en los brutales efectos que el saqueo de los pilares básicos del Estado de Bienestar ha producido en la última década

Un sistema sanitario degradado, con falta de recursos, personal escaso y sometido a la tensión permanente de la temporalidad en el empleo, acosado por procesos de privatización abierta o encubierta (por medio de los sistemas de “colaboración público-privada”). Un sistema de servicios sociales incapaz de reaccionar y hacerse cargo de las personas mayores que van a quedar abandonadas en esta crisis, de las personas en situación de marginalidad y vulnerabilidad (empezando por los llamados working poors que, en muchos casos han perdido su empleo, y llegando a las personas sin hogar). Un sistema de seguridad social y desempleo que no parece dispuesto a extender su manto protector a todos los trabajadores y trabajadoras que ahora van a recibir su carta de despido, mediante una Renta Básica de Solidaridad que cubra suficientemente a toda la población en esta situación de urgencia.

¿Lucha de Clases? Juan Roig afirma que Mercadona no va a cerrar en toda esta crisis. Se lo agradecemos, pero más se agradecemos a las miles de cajeras, reponedores, limpiadoras, que van a hacer eso posible. Mercadona, siempre magnánima, se ofrece a subirles un 20% el sueldo durante estos días de aislamiento social. No es que esté mal, es que si no hubiera lucha de clases esas trabajadoras y trabajadores deberían repartirse en pago de su arriesgada labor la totalidad de los beneficios que va a obtener la empresa durante estas semanas (o quizás, solo el 80 %, dejando el 20% para los accionistas, como muestra de humor retributivo).

Juan Roig afirma que Mercadona no va a cerrar en toda esta crisis. Se lo agradecemos, pero más se agradecemos a las miles de cajeras, reponedores, limpiadoras, que van a hacer eso posible

¿Lucha de clases? ¿Existe otra explicación para el hecho de que todos los responsables políticos hayan repetido por activa y por pasiva que todo esto se está haciendo “por las personas más vulnerables”, ya que los jóvenes, parece ser, no corren tanto peligro, y, sin embargo, no se haya establecido ningún permiso laboral específico para diabéticos, personas inmunodeprimidas, enfermos crónicos, hipertensos o pacientes oncológicos? ¿Son demasiado numerosos para que alguien se comprometa a pagarles el salario mientras la situación persiste, pero si los podemos usar como justificación para limitar los derechos individuales? Si no es esto, ¿qué es, exactamente, la lucha de clases?

Se habla de la capacidad china de enfrentar la enfermedad. Se hace hincapié en la centralización y autoritarismo del modelo chino, muchas veces desde la indisimulada nostalgia del socialismo “real” del Este Europeo. Pero se esconde que lo que de verdad ha constituido el elemento diferencial del “modelo chino” frente al virus no es el autoritarismo ni la centralización, fácilmente imitables por nuestros Amados Timoneles del Régimen del 78, como estamos viendo, sino la posibilidad efectiva, sostenida por las supervivencias ideológicas del maoísmo en el PCCh, de disciplinar los capitales, de hacer que el dinero haga lo que es necesario, que las empresas trabajen para el bien común. El rastro de comunismo que queda en China, aún limitado, es preferible a la total ausencia de comunismo. Y no tiene sentido volver a confundir comunismo con autoritarismo y con Estado Absoluto. No se trata de la vuelta del Padrecito, sino de que lo común discipline comunitariamente a la pulsión de muerte del Capital.

También se habla de que esto, en la utopía pastoril de la Deep ecology no habría sucedido. Miles de años de reiteradas plagas como la peste negra o la gripe española nos indican que todo eso es una ensoñación bucólica. Mas lento, pero más mortífero, por la falta de medios y de vías para compartir el conocimiento, todo habría sucedido. La naturaleza, queridos ecologistas reaccionarios —supuestos ecologistas, por otra parte— es más fuerte, prolifera, muta, mata y sobrevive sin tenernos demasiado en cuenta. Necesitamos la racionalidad y la tecnología para construir una sociedad vivible, pero también para hacer frente a estos embates de la vida que, precisamente, consiste en embates recurrentes de un mundo natural que no es circular, sino proliferante, evolucionante, imprevisible.

El problema fundamental sigue siendo la brutal tensión constante cada vez que la clase obrera quiere hacer cumplir las leyes que nos protegen a todos, pero disciplinan al capital

La tecnología… ¿Pero qué tecnología? ¿En manos de quién está la tecnología? ¿Tecnología para el control en manos de unos pocos o tecnología para la salud en manos de lo común? Quizás eso de la lucha de clases tenga algo que ver con todo esto, ¿no? Porque el problema fundamental sigue siendo ese: hospitales públicos colapsados, trabajadores sin medidas de prevención, población vulnerable abandonada a su suerte. Y una brutal, cruenta, tensión constante cada vez que la clase obrera quiere hacer cumplir las leyes que nos protegen a todos, pero disciplinan al capital.

Mañana todo volverá a esa “normalidad” cada vez más degradada, caótica y en crisis, que ahora añoramos, aunque mucha gente sufrirá por el camino. Pero entonces deberemos recordar lo que está pasando ahora, no olvidar el dolor y las luchas que hemos tenido que emprender para defender nuestra salud y actuar en consecuencia.

https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/covid19-lucha-clases